“La discusión no es aborto sí o aborto no”.

La ginecóloga Cecilia Ousset y Jorge Gigena realizaron la cesárea a la niña de 11 años violada por la pareja de su abuela. Ousset comunicó que una vez en el quirófano, todos los médicos del hospital se declararon objetores de conciencia. La nena “fue torturada un mes por el Sistema de Salud Provincial”. En junio…

“La discusión no es aborto sí o aborto no”.

La ginecóloga Cecilia Ousset y Jorge Gigena
realizaron la cesárea a la niña de 11 años violada por la pareja de su abuela.
Ousset comunicó que una vez en el quirófano, todos los médicos del hospital se
declararon objetores de conciencia. La nena “fue torturada un mes por el Sistema de Salud Provincial”.

En junio del pasado año, cuando el
aborto se debatía entre legisladores indecisos, Cecilia Ousset escribió una
carta que volvió a circular en las redes sociales en los últimos días. Se trata
de la publicación de la médica que se declara católica y especialista en
tocoginecología.

Ousset tituló su posteo “No soy
neutral” y explicó los motivos por los cuales, pese a sus creencias, está a
favor de la despenalización del aborto y exhortó a los diputados a votar a
favor de la interrupción voluntaria del embarazo.

Ousset reconoce que nunca estuvo y
tal vez nunca estará de acuerdo con “el aborto en sí”, pero agrega que
tuvo que hacer legrados y que las mujeres que se enfrentaron a esa situación
“fueron deshumanizadas y juzgadas”.

“Me repugna un país donde después de
un aborto las ricas se confiesen y las pobres se mueran, donde las ricas sigan
estudiando y las pobres queden con una bolsa de colostomía, donde las ricas
hayan tapado la vergüenza de su embarazo en una clínica y las pobres queden
expuestas en un prontuario policial”, advierte la médica, para quien “la
discusión no es aborto sí o aborto no”, sino “si esta sociedad desea que entre
las mujeres que indefectiblemente se van a practicar un aborto, se pueden
lograr las mismas seguridades clínicas para hacerlo”.

A continuación, el texto completo:

Mi nombre es Cecilia Ousset. Soy católica, médica, especialista en
tocoginecología, madre de cuatros hijos. Trabajo actualmente en el Sistema de
Salud privado, aunque me formé y trabajé en el Sistema Público en la Ciudad de
Mendoza.

Nunca estuve y tal vez no estaré de acuerdo con el aborto en sí; es por
esa razón que nunca me hice un aborto y tampoco se lo hice a nadie; a pesar de
conocer la técnica perfectamente y ser muy buena (perdón por no ser modesta),
en la realización de legrados.

Muchísimas veces tuve que hacer legrados en el Hospital para “terminar”
abortos clandestinos. Mi récord personal son dieciocho legrados en una guardia.

Vi morir mujeres (a veces madres de varios chicos), que pasaron
lamentablemente sus últimos minutos lúcidas conmigo y una policía preguntándole
“quién le había realizado el aborto porque era un delito”. Sinceramente, nunca
jamás escuché a alguna decir el nombre del que o la que había cobrado por sus
inexpertos servicios.

Recuerdo esas guardias donde armábamos las partes fetales en la mesita
quirúrgica para asegurarnos de que no le quede nada adentro a la madre. Siempre
la parte más difícil de sacar del útero era la cabeza, porque al ser redonda,
rodaba cada vez que la quería “atrapar” con la pinza. Estas mujeres se
enteraban tarde del embarazo e intentaban el aborto con más de doce semanas de
gestación.

Muchas veces esas chicas estaban en mal estado clínico y con el útero o
el intestino destrozado.

Esas mujeres que ingresaban mintiendo que “habían levantado un fuentón
con la ropa de los chicos” y habían empezado a sangrar, eran para mí y mis
compañeros de guardia, el inicio de una jornada violenta, y la suma de esas
jornadas deben haber herido mi alma profundamente: Abortos con perejil, con
agujas de tejer, con permanganato de potasio, con Oxaprost en cantidades
insuficientes. Todos servicios pagados en la medida de las paupérrimas
posibilidades al inexperto o inexperta del barrio. La mayoría eran mujeres
jóvenes, pobres, algunas con otros hijos; que llevaron el dolor, la fiebre, el
olor a podrido y el secreto del nombre del “abortero” hasta la tumba.

Estoy segura que es la primera vez que me expreso sobre todo esto. Creo
que algunas veces lloré en la intimidad de mi casa y en los brazos de mi
esposo. Pero no por el dolor de esas chicas, sino por la impresión que me había
dejado el hecho de haber terminado esos “trabajos” con la mayor objetividad y
pericia posible.

Esas chicas fueron objeto. En todo momento fueron deshumanizadas y
juzgadas.

Como lo que habían hecho era ilegal, eran repudiadas desde que entraban
al hospital hasta que se iban (vivas, muertas o con una causa judicial).

Estoy tan arrepentida de no haberlas comprendido, de no haberlas amado,
de no haberlas acompañado amorosamente en un momento tan terrible! Estoy tan
arrepentida de haber tenido mi cerebro y mi alma tan limitada decidiendo quién
tenía más o menos moral y quién merecía más o menos mi respeto!. Estoy tan
arrepentida que siento que las palabras para expresarme todavía no se
inventaron.

Después comencé mi práctica privada. Y ahí empecé a ver la otra cara de
la moneda.

Las chicas que me pedían un aborto “porque mi mamá me va a matar”,
“porque quiero terminar mis estudios”, “porque se borró mi novio”, “porque me
van a correr del trabajo y mi marido se fue de la casa”, “porque soy catequista
y esto es inadmisible…”.

Siempre intenté con la palabra y el respeto de que sigan con su
embarazo, buscando alguna salida. Porque muchísimas veces después de un aborto,
hay arrepentimiento y dolor. Pero claro, cada uno tiene sus momentos de
desesperación y sencillamente se iban (y se siguen yendo), a cualquier otro
médico que les practique un aborto seguro en una clínica que les permite
después seguir vivas para llorar, confesarse, y tener más hijos con una pareja
continente o en una mejor situación emocional o económica.

Lo sé porque a esos partos yo misma los asisto.

Lo sé porque vuelven conmigo a los controles porque aprendí a no juzgar
sino a acompañar.

Por todo eso, por dieciocho años en la práctica ginecológica , por
mujer, por católica, por trabajar permanentemente mi interior para lograr la
coherencia y abandonar en la mayor medida posible la hipocresía, digo: QUIERO
ABORTO LEGAL, SEGURO Y GRATUITO para todas las mujeres que se encuentren en una
situación desesperante e íntima.

Me repugna un país donde después de un aborto las ricas se confiesen y
las pobres se mueran, donde las ricas sigan estudiando y las pobres queden con
una bolsa de colostomía, donde las ricas hayan tapado la vergüenza de su
embarazo en una clínica y las pobres queden expuestas en un prontuario policial.

La discusión no es aborto sí o aborto no. Eso lo dejemos para las
discusiones de los creyentes y para tomar nuestras decisiones personales.

La discusión en el Congreso de la Nación es si esta sociedad desea que
entre las mujeres que indefectiblemente se van a practicar un aborto, se pueden
lograr las mismas seguridades clínicas para hacerlo. Para que las pobres no
sean mujeres de segunda o tercera categoría. Para que las pobres también sigan
vivas para arrepentirse, confesarse, tener un hijo con una pareja continente o
en una mejor situación económica o emocional. Para que la sociedad sea menos
hipócrita y haya en la realidad de la muerte, un poco más de amor.