La honestidad es transparencia

La honestidad es un valor humano, una actitud que siembra confianza. Una condición fundamental para las relaciones humanas y la auténtica vida comunitaria. Expresa la disposición de vivir a la luz de la verdad. A las personas honestas les incomoda la hipocresía y no dudan en practicar el único lenguaje que conocen: la sinceridad. Son…

La honestidad es transparencia

La honestidad es un valor humano, una actitud que siembra confianza. Una condición fundamental para las relaciones humanas y la auténtica vida comunitaria. Expresa la disposición de vivir a la luz de la verdad.

A las personas honestas les incomoda la hipocresía y no dudan en practicar el único lenguaje que conocen: la sinceridad. Son leales y firmes en sus convicciones. En ellas hay una dosis de valentía y una clara voluntad por mantener la coherencia, aunque no sea fácil. A menudo, muchos terminan comunicando justo lo contrario a lo que sienten. Lo hacen por condicionantes sociales, por temor a hacer daño o para llamar la atención, sin darse cuenta que la confianza es un ingrediente imprescindible para una sana sociabilidad. Todos necesitan saber que la persona que tienen enfrente y a la que aman o respetan como amigo o compañero, es sincera y auténtica en todo momento.

Sin embargo las personas honestas no llevan pancartas ni camisetas con hashtags definiendo lo que son; hay que descubrirlas. Suelen ahorrar tiempo en muchas de sus conversaciones. No dan rodeos, no pierden el tiempo cuando alguien o algo no les agrada o no sintoniza con sus valores. No esperan demasiadas justificaciones. Saben que no es adecuado alargar situaciones que, con el paso del tiempo, pueden ser contraproducentes.

No mienten ni soportan las mentiras. Las personas que son auténticas en mente, palabra y comportamiento no toleran engañarse a sí mismas ni engañar a los demás. No mienten porque hacerlo les genera una incómoda disonancia cognitiva que ataca a su identidad y autoestima. La verdadera nobleza es caminar toda la vida con pasos que salen del corazón.

Son más felices y gozan de una mejor salud. Ser genuino siempre con uno mismo y con aquello que se dice y hace, genera un mayor bienestar. Ese equilibrio interno, esa paz mental, colabora en la propia salud física y anímica. Valoran por encima de todo poder construir relaciones basadas en la confianza. No solo se muestran en todo momento de manera auténtica, sincera y respetuosa con quienes les rodean, sino que además, exigen esto mismo en quienes forman parte de su día a día.

Ser congruente está ligado a una cierta transparencia tanto interna como externa. Uno no muestra nada más que su verdad, sin camuflajes ni máscaras. La congruencia es ese equilibrio que existe entre el estado más visceral de uno y la exteriorización que uno hace de ello en su comportamiento, tanto verbal como no verbal. Cuando uno es coherente no existe una falta de sintonía entre lo que se siente y lo que se exterioriza. Implica un pacto de honestidad con uno mismo muy importante para no dar la sensación de estar en un permanente baile de máscaras.

Ser genuino siempre con uno mismo genera un mayor bienestar

Italo Calvino escribió esta historia de la oveja negra: “En un lugar remoto de la Tierra había un pueblo, donde absolutamente todos eran ladrones. Cada uno salía en la noche, llevando una linterna y una ganzúa. Y con esos elementos desvalijaba la casa de su vecino. Al día siguiente, cada quien regresaba a su casa. La encontraba desvalijada, por supuesto. No le parecía nada anormal. Al fin y al cabo, todos sabían que estaban entre ladrones. Era una cadena vivida en completa paz y armonía.

En el comercio también se compraba y se vendía bajo la modalidad de estafa. Tanto quien adquiría bienes, como quien se los proporcionaba se engañaban mutuamente. Al mismo tiempo, el gobierno solo sabía engañar a los súbditos. Estos, a su vez, defraudaban al Estado todo el tiempo.

Pero hubo algo que rompió con la normalidad: un hombre honesto. Llegó de repente a aquel pueblo y en lugar de salir a robar por la noche, se quedó en casa, leyendo un libro.

Los ladrones llegaban hasta esa vivienda, pero veían la luz encendida y decidían no aproximarse. Algunos de los habitantes comenzaron a pasar hambre. Si no podían robar, la cadena se rompía y alguien se quedaba sin bienes. Así que decidieron hablar con el hombre honesto y pedirle que reconsiderara su actitud. Estaba perjudicando a todos. Si él no quería robar, pues muy bien. Pero debía dejar que los demás sí lo hicieran.

Entendió la situación. Desde entonces, todas las noches dejaba libre su casa para que los demás se sintieran en confianza de entrar a robar. Sin embargo, él no quiso ser ladrón. Por eso, en menos de una semana ya tenía su casa completamente vacía.

La actitud del hombre honesto comenzó a romper con todo el equilibrio de aquel pueblo. Como éste se negaba a robar, siempre había algún habitante que encontraba su casa intacta al día siguiente. Entonces, algunos comenzaron a acumular más de lo que necesitaban.

Al mismo tiempo, quienes iban a robar a la casa del hombre honesto la encontraban vacía. Así que no podían volver a comer hasta la siguiente noche, cuando podían robar en otra morada. De este modo, comenzaron a existir ricos y pobres. Unos acumulaban, otros siempre estaban en déficit.

Con los cambios, muchos se confundieron. No sabían qué hacer. Pese a todo, el robo no desapareció. ¿Qué pasó con el hombre honesto? Sencillo: murió de hambre. Fue el único que se negó a robar y también el único a quien nadie jamás entendió. Así termina la fábula de la oveja negra. Cualquier parecido con la realidad, no es obra de la coincidencia”.