Manu cierra la grieta y está cerca de lo que quisiéramos ser

Las poleas levantan la camiseta con el número 20 hasta lo más alto del estadio y el techo del AT&T Center se transforma en la punta de un mástil imaginario. Trepa esa prenda blanca y negra que es bandera celeste y blanca hecha musculosa. Es, acaso, el momento de orgullo más genuino de lo que…

Manu cierra la grieta y está cerca de lo que quisiéramos ser

Las poleas levantan la camiseta con el número 20 hasta lo más alto del estadio y el techo del AT&T Center se transforma en la punta de un mástil imaginario. Trepa esa prenda blanca y negra que es bandera celeste y blanca hecha musculosa. Es, acaso, el momento de orgullo más genuino de lo que suele llamarse argentinidad. Un recreo para tantas pálidas nacionales, sufridas por tantas generaciones.

Hay una Argentina de dientes apretados y colmillos filosos siempre dispuestos a atacar a quien se le ponga enfrente. Ciudadanos vestidos con traje de fajina de la mañana a la noche. Una vida de trincheras. Ellos o nosotros. Vos o yo. La grieta. Manu la cierra.

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Relegada a polemistas acérrimos, la única discusión posible se reduce a si Ginóbili es “el mejor deportista (argentino) de la historia”, si comparte el pedestal o si alguien lo supera. Tema menor, pero interesante para bloques de programas de TV o sobremesas de amigos.

Fangio, Vilas, Monzón, Sabatini, De Vicenzo, Maradona, Messi… Todos geniales y ninguno en la “completud” de Ginóbili.

Ser de los mejores en el más alto nivel de competencia sin malas artes, agachadas, renuncias o triquiñuelas. Ser un maestro de las relaciones con sus fanáticos y con la prensa. Hábil declarante. Discretísimo en su vida personal. Estos fueron algunos de los elementos que armaron el combo del deportista que suma sin rozar la pretenciosa categoría de héroe.

Un tipo común que hace bien lo que hace. Simple. Naif, quizá.

El éxito deportivo es la justificación más fácil para colocar ídolos en los pedestales, como quien pone la estampita de un santo sobre una repisa. De ahí al chauvinismo hay un pasito. De ahí al patrioterismo hay un centímetro.

Manu desbarató de raíz el recurso al que suele apelar la crónica deportiva asociada al corazón caliente de los aficionados. El juicio frío y desapasionado provoca justamente la serena pasión por el personaje. Nada más justo.

A Emanuel Ginóbili no le entran las balas. Es inoxidable, viste buzo antiflama. No se le entra por izquierda ni por derecha. En su hora de gloria, de homenaje mundial, Manu une. Es el que lleva esa bandera de la que todos nos creemos dueños absolutos, en vez de darnos la tarea de compartirla.

Ginóbili está cerca de lo quisiéramos ser.