La Copa olvidada: el último título de Diego Maradona en la Selección

Mar del Plata era una fiesta en aquel verano del 93. El 24 de febrero el estadio mundialista José María Minella lucía como en las grandes citas. Se vendieron todas las entradas. Todos querían ver el encuentro entre Argentina (campeón de la Copa América 1991) y Dinamarca (vencedor de la Eurocopa 1992) por la Copa Intercontinental Artemio Franchi,…

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Mar del Plata era una fiesta en aquel verano del 93. El 24 de febrero el estadio mundialista José María Minella lucía como en las grandes citas. Se vendieron todas las entradas. Todos querían ver el encuentro entre Argentina (campeón de la Copa América 1991) y Dinamarca (vencedor de la Eurocopa 1992) por la Copa Intercontinental Artemio Franchi, una competición avalada por la FIFA que sólo se disputó dos veces con carácter oficial y otras dos sin el reconocimiento de las autoridades que todo manejaban (y manejan) desde Zurich. Hubo varios intentos por refundarla (incluso en 2018, sumando a los subcampeones de Europa y de América), pero la Copa de las Confederaciones se terminó imponiendo en el calendario de la FIFA.

Había un detalle muy relevante para tanta expectativa en el estadio, en la ciudad, en cada rincón del país. Era la vuelta de Diego Maradona en un partido oficial, tras las lágrimas universales luego de la derrota ante Alemania en la final de Italia 1990. Los dos años siguientes no pudo ponerse la camiseta de sus sueños, entre suspensiones por doping y decisiones ajenas.

Seis días antes del triunfo ante los daneses ya había jugado para el equipo que dirigía Alfio Basile: ante Brasil, uno de sus rivales favoritos, Argentina igualó 1-1, en Buenos Aires, en el contexto de un amistoso por el Centenario de la AFA. El Monumental también explotaba de emociones esa vez. El gol lo hizo Alejandro Mancuso. Empató Luiz Henrique para la verdeamarelaMaradona volvía a ser Maradona. El capitán estaba de regreso.

Pero esa Copa olvidada era el desafío. Quería volver a sentirse campeón. Después de las ovaciones, de los saludos, del intercambio de banderines, hubo un partido parejo en el que Argentina terminó más entero y lo concluyó ganando en la definición por penales, tras el alargue. En los 120 minutos igualaron 1-1. Craviotto hizo un golazo en contra a los doce del primer tiempo. Caniggia, tres minutos más tarde, igualó para la Argentina.

Los destellos de Diego fueron lo mejor del encuentro. Lo volvió a despedir otro reconocimiento unánime, incluso antes de las ejecuciones decisivas. El Diez se mostraba feliz. Estaba en su lugar en el mundo, sin que se pongan celosos los napolitanos.

Maradona convirtió el primero de los penales de la definición, Goycochea les atajó sus remates a Goldbaek y a Vilfort. Saldaña hizo el tanto que garantizó el título, el último de Maradona en la Selección.

No era un rival cualquiera, venía agrandado. Ocho meses antes de esa final, Dinamarca había construido uno de los asombros más grandes de la historia del fútbol. Quedó claro: la Eurocopa de 1992 tuvo un guión propio de un escritor amigo de la épica deportiva. Lo muestra, por ejemplo, la película Verano del 92 (estrenada en 2015, procedente del ya creciente mercado audiovisual danés, el mismo que creó notables y exitosas series como Borgen y como Rita).

El contexto de aquel seleccionado vestido de rojo y blanco había sido el siguiente: Yugoslavia -equipo entero de un país roto- se había clasificado y había sido sorteado en el Grupo A. Pero la Guerra de los Balcanes obligó a su deserción. Dinamarca se había quedado afuera. La circunstancia bélica lo transformó en lucky looser, el más afortunado de los perdedores. De aquella invitación nació el campeón que luego enfrentaría a Diego y los suyos.

Detalles casi románticos: la delegación danesa había comprado los pasajes de regreso para cuando terminara la primera ronda de la Euro. Pero tuvieron que seguir jugando. Antes, cuando los citaron todos los jugadores estaban de vacaciones bajo el sol europeo. Detalle sintomático de las expectativas: Michael Laudrup -jugador del Barcelona, la cara más visible de aquel plantel- eligió no ir. “No me gustan las improvisaciones”, les dijo a las autoridades de la Federación.

En en el encuentro decisivo le había ganado 2-0 a Alemania, en Gotemburgo. Ese triunfo evitó que se repitieran las ultimas dos finales de la Copa del Mundo. Los responsables directos fueron dos: el inmenso arquero Peter Schmeichel, la gran figura de la competición, y Henrik Larsen, autor de los dos goles en la final. Ambos estuvieron en otro verano, en el de Mar del Plata, al inicio del año siguiente: pero esa vez no hubo consagración. La Copa la levantó Diego, en el contexto de una Selección que con Basile como entrenador llevaba 22 partidos sin derrotas.

¿Y qué pasó después con Diego? Basile no lo volvió a convocar. Decidió apostar a los que lo habían consagrado en 1991 en la Copa América de Chile y en esa impresionante racha invicta, que con Diego continuó, título incluido. No le alcanzó  al mejor de todos con ese fútbol ofrecido en aquel verano para darle más brillo a aquel muy buen equipo.

Pero hubo un hito en el recorrido de aquel 1993 que cambió la mirada del cuerpo técnico. En el partido clave de las Eliminatorias Sudamericanas, Argentina hizo un papelón. En el Monumental, la mágica Colombia de Valderrama, Rincón y Asprilla destrozó a la Selección. Futbol de alto vuelo y un 5-0 que sigue latiendo cada vez que algún argentino pisa territorio colombiano. Esa manito que muestra cinco dedos a cada nacido en el pais de Maradona es un estigma para siempre.

El estadio entero, en la cornisa de quedarse sin Mundial, festejó el final de otro partido como un triunfo propio: si Paraguay le hacía otro gol a Perú, en Lima, en aquel 2-2, Argentina se quedaba sin Mundial por segunda vez a través de la competición previa, igual que para Brasil 1970. Pero después del desahogo llegó un grito de guerra a modo de petición innegociable: “Maradooooo/Maradoooo”.

Argentina tenía una segunda vida, una última chance: el Repechaje frente a Australia, el ganador de Oceanía. Esta vez Maradona volvió a ser citado. Ya no había excusa para que el Diez no se pusiera la diez. Ya no había excusa para que El Capitán no volviera a ser el capitán. Diego era la cura para aquel dolor del 5 de septiembre de 1993. Y la esperanza para jugar el Mundial de los Estados Unidos al año siguiente.

Pasaron casi dos meses de angustia para aquellas dos citas de definiciones. Con su regreso, Diego procuró reconstruir el alma del equipo y deshacer las internas en el plantel. En nombre de eso, hubo una reunión entre Oscar Ruggeri y Maradona. “Lo arreglamos todo en diez minutos”, confesó entonces el Diez.

Se jugó como se pudo. En el encuentro de ida, de visitante, Abel Balbo marcó el primer tanto, a los 37 minutos. La asistencia fue un precioso centro de Diego. En breve igualó Aurelio Vidmar. Ese empate del 31 de octubre tenía la cara de un resultado valioso. El regreso, en el Monumental, tuvo una previa en la que los protagonistas fueron los nervios y las presiones, las sospechas por la falta de control antidoping, los cuestionamientos respecto del nivel del equipo. Era pasaporte o bochorno.

Diego se hizo cargo del equipo. Lo lideró, ya no con aquel esplendor de hacía siete años; pero sí con su impronta de caudillo crecido en el barro. Y así, con poco juego, con mucha tensión, con murmullos por todos lados, Argentina se terminó imponiendo 1-0 con aquel centro de Batistuta que se transformó en gol con beneficio del azar. Lo que siguió fue darle la pelota a Diego para que la cuidara. Como cantan Las Pastillas del Abuelo: “La pelota siempre al Diez”. Y Maradona la protegió como él siempre supo. Y así llevó de la mano a la Argentina a la Copa del Mundo.

En ese 1993, Maradona jugó apenas cuatro partidos. Una igualdad en el Superclásico ante Brasil, el título en la Copa Olvidada que él no olvidó y esos dos partidos de Repechaje en los que volvió a demostrar que seguía siendo un superhéroe, de esos que siempre aparecen en las difíciles. “El más humano de los dioses”, como Eduardo Galeano definía a este D10s.

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