Sapito Coleoni, de ser la máxima promesa del fútbol cordobés a no debutar en Primera y dirigir en todas las categorías: “Lo mío han sido más fracasos que otra cosa”

Hay que saber medir a Gustavo Coleoni antes de hablar de altura. Es director técnico de San Miguel en la Primera B y es el mismo que jugó mano a mano una final de Copa Argentina contra River, como entrenador de Central Córdoba de Santiago del Estero a fines de 2019. Dirigió en siete provincias…

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Hay que saber medir a Gustavo Coleoni antes de hablar de altura. Es director técnico de San Miguel en la Primera B y es el mismo que jugó mano a mano una final de Copa Argentina contra River, como entrenador de Central Córdoba de Santiago del Estero a fines de 2019. Dirigió en siete provincias y cuatro categorías: Federal A, Primera, Segunda y Tercera División de AFA. 

Su recorrido, salvo excepciones, alejado de las pantallas y cercano a lo más artesanal que se puede pensar el fútbol competitivo. Mira fútbol casi permanentemente, pero también le dedica tiempo a la lectura. Ahora está con uno de Eduardo Sacheri -“me encanta”-, que le da continuidad en la cama todas las noches.

La altura de Coleoni es inversamente proporcional al gigantesco mito sobre el tipo de jugador que no fue. Cuando era adolescente, el señalamiento era unánime: era él quien iba a revolucionar el fútbol cordobés, primero, y el de la Argentina, después. No existía en Córdoba quien no augurara en la promesa de las inferiores de Talleres un futuro descollante. Eso -ahora se sabe-, no sucedió. “¿Vos sos el Sapito, qué pasó?”, escucha desde sus 20 años. Y no tuvo, ni tiene, respuestas concluyentes para conformar esa inquietud recurrente que, rápido, lo puso en el incomodo e insoportable lugar de dar explicaciones, casi como disculpas.

El Sapito se ancló en los 161 centímetros, uno más que Maximiliano Moralez, el de Racing Vélez que todavía juega en la MLS. La altura no explica porqué no se cumplió el pronostico de futbolista. Su carrera es más que austera: profesional en la Primera de Perú, en San Agustín, y la segunda de Chile, en Magallanes. Ahí llegó en viajes por tierra, con permiso de los clubes de la Liga de Córdoba, en los que sostuvo la ilusión que lo acompañó desde que tenía el rótulo de promesa. Matienzo, de Monte Buey; Belgrano, de La Para; Central, de Río Segundo, Atlético, de Río Tercero, Bella Vista y Las Palmas, su última camiseta, cuando a los 22 años dijo basta.


Coleoni y su compañera Panchita en la casa que vive en Los Polvorines. Foto Emmanuel Fernández

Pero el fútbol es todo para Coleoni y hasta la dirección técnica le dio de comer, hizo de todo. Fue taxista, estudió periodismo y fue analista de fútbol en la radio y televisión de Córdoba. También estudió psicología del entrenamiento deportivo y así sumó un aspecto clave para su carrera como entrenador. El camino al estrellato –con inyecciones igual que Lionel Messi, pero unos 20 años antes y sin resultados- no existió. En cambio, el largo y sinuoso recorrido del Ascenso lo posicionó en un lugar en el que ya no le preguntan tanto por lo que no pasó. 

-La pregunta hoy es ¿Qué pasó con Coleoni, que de dirigir en Primera División y jugar la final de la Copa Argentina contra River ahora pelea el descenso con San Miguel, dos categorías más abajo?

-Mi vida es un poquito así, de salir como se dice, de la zona de confort y buscar los sueños en otro lado. Siempre. En este momento me encuentro con la obligación de ser protagonista. Somos un cuerpo técnico de Primera que llegó a San Miguel, que estaba último en la B Metropolitana. Tenemos cierta obligación de cambiar un poco la historia. Creo que tengo más cosas que perder que ganar y bueno, realmente nos dieron todas las comodidades para que podamos estar a la altura.

-¿Ningún club de Primera se interesó?

-Sí, tuvimos algunas posibilidades: siempre de los de abajo, ¿no? Le dijimos que no a varios de la B Nacional, esperando Primera. Pero cuando vimos que el panorama en Primera iba a estar complicado, y siempre estaba San Miguel, escuchamos la propuesta. Me fueron a buscar a Córdoba, me permitieron trabajar con todo mi cuerpo técnico y eso para mi es fundamental, por una cuestión de química.

-Si las cosas no salen, ¿no te da temor quedar “anclado” en esta categoría?

-No sé si la palabra es temor. Sabemos el desafío, lo hablamos con los chicos y lo aceptamos. Desde lo económico, está a la altura (de lo que paga en promedio un equipo de Primera a un cuerpo técnico). No le tengo miedo a los desafíos. Cuando fui a Madryn, entrenábamos según la marea y nos íbamos corriendo cuando se humedecía la arena. En Formosa me fui a un lugar dónde es difícil armar un equipo y llegamos a jugar la final para ascender a la B Nacional. La perdimos. Me gustan los desafíos y si nos va bien, fenómeno. Si nos llega a ir mal, por ahí uno dice: puta, podríamos haber esperado un poco. Pero la vida es un poco eso, ir en búsqueda de cosas nuevas.

-Y puertas adentro, ¿qué dijo el grupo de trabajar en la Primera B?

-Mirá, cuando volvimos a Santiago (del Estero, en la segunda etapa en Central Córdoba, en 2021) llorábamos. La pandemia golpea. Cada uno hacía sus cosas. Uno vendía ropa, otro vendía vino, otro (trabajaba) de remis. Todos venimos del barro. Ricardo (Cassini, el preparador físico) viene conmigo desde Juventud (Antoniana de Salta), no tenía hijos… Gustavo (Liggerini, ayudante) estuvo en distintos lados. Beto (Alberto Bulleri, también asistente) en Fundación Messi, la liga rosarina y entrenaba a la noche en el campo. Venimos de un lugar de trabajo, de pasión, de lucha. No importa dónde, queríamos trabajar. Encima con un buen contrato. No quiero decir nada, pero el Trueno Verde está sonando…


La final Copa Argentina y el saludo y charla previa entre Gallardo y Coleoni. Foto Maxi Failla (archivo)

-¿Sentís que el éxito te llegó como entrenador y no como entrenado?

-Seguro, seguro. Ni hablar. Lo mío han sido todos más fracasos que otra cosa. Hasta los 15 años no tenía forma de decir que no iba a ser jugador. Iba a los programas de televisión. Ahora, en esta época, me hubiese llenado de plata con las redes sociales sin jugar a la pelota, porque todos hablaban de mí. Todos mis compañeros jugaron en Primera menos yo. Fue una frustración muy grande. Cuando la expectativa es muy alta y vos sos pibe, el golpe es más duro todavía. No lo pude superar casi nunca eso. Si jugué en la primera de Perú, en la segunda de Chile… en todas las ligas de la provincia de Córdoba… He jugado, dicen que lo hacía bien. Hasta los 15 años era: ‘el Sapito y 10 más’… y bueno, no pasó. La frustración fue bien, bien, fuerte… Gracias a dios llegaron mis amigos, pero cuando había doble turno iban a mi casa algunos. Comían, mi mamá hacía la comida, y después se volvían a entrenar y yo me quedaba viendo la tele… Pedro Ramos (ex Talleres) dijo un día: ‘a mi amigo el Sapo, la vida le está devolviendo como entrenador lo que le debe como jugador’. Y puede ser. Una vez (Jorge) Griffa dijo, y esto sirve también para la vida, se necesitan tres cosas: la capacidad, la oportunidad y la suerte. Si no se dan las tres cosas, a veces no se puede. Me costó asumirlo mucho. Cuando manejaba el taxi, a veces me preguntaban qué me había pasado. Esa pregunta que duele. Entonces, como entrenador, se devolvió algo.

-¿Capacidad, oportunidad o suerte? ¿Qué fue lo que te faltó, entonces?

-Yo creo que la capacidad, seguro que no. Tal vez la oportunidad o la suerte… Mirá que tan importante es la suerte en el fútbol: me ha tocado, una vez, que vinieron del Parma a ver a un número 9 y ese día debutó un marcador central del otro equipo ¿Sabés a quien se llevaron? al marcador central que no dejó mover al nueve que habían venido a ver. Ahí tuvo la suerte, porque la capacidad ya la tenía. A veces quedas libre en un equipo y triunfás en otro… Porque tal vez ahí tenés (como entrenador) que tomar la decisión de elegir entre dos jugadores de la misma capacidad y ahí está también el ojo del entrenador: cuando están iguales vos tenés que saber quién llegó a su techo y quien no. Por eso el futbol es tan lindo y si tenés buena cabeza, tal vez no te hace falta tanto talento. Hay un montón de jugadores llegan a Primera que son normales, que juegan bien. Y hay otros distintos, el Kun (Sergio) Agüero, por ejemplo, el trabajo de Independiente ¿Cuál fue? Nada, ponerlo en primera a los quince años…


Nada menos que Pedernera señalaba al niño Coleoni como promesa. Foto Archivo Coleoni

-Más allá de las influencias futbolísticas, ¿crees que ocupaciones como las del taxi, el periodismo y las herramientas psicológicas aparecen en el rol de DT?

-Todos tenemos un disco duro donde vamos guardando cosas. Vi charlas de don Ángel (Labruna), de don Adolfo (Pedernera) de (Roberto) Saporiti y los 11 jugando contra nadie, con esas sombras famosas que hacía. Guardé muchas cosas. Yo sí sé lo que es quedar libre, lo que es quedar afuera. Viajar al extranjero y mendigar para probarte. Yo le puedo hablar al jugador desde esos lugares. Aquel que fue siempre exitoso ¿cómo hace para hablarle a un jugador cuando lo deja afuera? Si nunca le pasó, no sabe qué se siente… Tengo una vida matizada con cosas buenas, malas, fracasos, cosas no realizadas que me llevan a un lugar que, cuando me junto con el jugador mano a mano, en una entrevista individual, llego de otra manera.

-¿Esa es tu fortaleza?

-Cuando voy a dar charlas a instituciones y hablo de mi liderazgo hablo primero de la simpleza. Entrenamos jugadores de fútbol, no astronautas. Hoy tiene que ser más simple que ayer. Yo hablo del pantalón corto y pantalón largo. De pantalón corto estamos poco tiempo, cuando entrenamos. De pantalón largo, estamos el resto del tiempo. Todos somos lo que hacemos fuera del laburo. Hoy entrené cuatro, cinco horas. Pero ahora soy el padre, el tío, el abuelo, no el DT. Yo tengo que saber quién es el jugador cuando tiene el pantalón largo: qué es de su vida, que música escucha, sus fracasos, sus sueños. Yo sé todo eso. Cuando enamoraste al de pantalón largo, el de pantalón corto te da un plus. Es inconsciente. Esa es mi forma. ¿Loco, qué te pasa? ¿Te gusta el rock, el folclore? Y cuando te hablo, hablo de lo que te gusta. Es mi forma de liderar. Hay tipos que salen campeón y se van allá y los jugadores están acá y no les da bola. Está bien, salís campeón y te vas al descenso de todas las formas… esta es la mía. A mí me gusta sentarme con el jugador, hablar y tomarme unos mates. Y esto me ha ayudado a salvar situaciones. En Salta, tenía un jugador muy importante, que a la mínima reaccionaba y se cagaba a piñas. Entonces hablo con él y me cuenta que su padre estaba mal, con un cáncer de próstata. Entonces hablo con dos referentes del grupo y les digo: ‘fulano no es así, el loco tiene este quilombo en la cabeza. Está pasando por este momento determinado’. Lo empezamos a contener y él, te juro, fue la figura de mi equipo. Pero si yo no preguntaba, lo tenía que echar, porque era insoportable el tipo. Mal. A mí me sirve este método. Yo siento que el vago me va a responder mejor si me siento a tomar un café con él y le pregunto ¿Quién sos?


Después de dirigir Primera, la siguiente parada de Coleoni fue dos categorías más abajo, en la Primera B. Foto Emmanuel Fernández

-¿Y en Primera funciona igual?

-Bueno, los egos son distintos. A medida que vas subiendo (de categoría) crecen los egos. Te van midiendo: el reloj que usas, el auto que tenés. Son todos chicos buenos, eh, porque los chicos de Primera que me tocaron son muy buenos. En este juego mío de buscarles el núcleo: en el Ascenso me resulta fácil. En los de Primera, no morí en el intento, pero me costó al principio porque decían ‘¿este qué quiere saber de mi?’ Pero bueno, yo sí quería saber y me costó más entrarle a cada uno. Pero si yo soy así ¿Por qué iba a cambiar? Si llegué a ese lugar así porque iba a cambiar. Yo soy así. Pero el jugador de Primera no quiere ni que estés cerca, ni que estés lejos. Quiere que lo entrenes bien. Traté de pasar esa valla y lo logré. El ego en Primera es distinto al Ascenso.

-¿Y entre pares, con los otros DT?

-Maravilloso. Valoré estar sentado enfrente de Miguel Russo, el Gringo (Gabriel) Heinze. No les tengo miedo desde la capacidad, pero si respeto su trayectoria. Disfruté mucho de saludar y demostrar mi admiración. Después, en el partido, los mandaba a cagar a patadas, no me importaban nada. Pero no me privé de saludar porque para mí también era un disfrute. Fui a canchas en las que había ido como espectador. A vos te debe pasar, seguro te juntás a ver una final con amigos. Decís ‘traete unos salames’ y te ponés a ver una final en el tele. Bueno, en la final (de la Copa Argentina de Central Córdoba) con River: yo estaba ahí. Era protagonista, canté el himno… lo dis-fru-té porque sé lo que es estar del otro lado. Cuando ascendí (a la Superliga) dije: ‘me metí adentro del control remoto’. Porque cambiás de canal y ponés el canal premium y estaba yo. Pero no me mareó eso. Yo viví debajo de una tribuna, sé lo que pasa cuando cambiás la tonada: el piso pega más fuerte.


Coleoni: “En Primera me metí adentro del control remoto, cambiabas el canal premium y estaba yo”. Fotos Emmanuel Fernández

¿Te la creíste?

-Lo peor que me puede pasar es que me digas eso. ‘No sos el mismo’. ¡Ahhh, me agarra una cosa! Me ha pasado en Córdoba que un jugador iba a Buenos Aires y volvía hablando ashi, ashi ¿Qué le pasó a este hombre? Sería un insulto para mi creérmela. Por eso (Carlos) Griguol es tan grande. Vivió en todos lados y nunca cambió la manera de hablar.

-¿Con qué otro técnico te identificás?

-Yo me siento identificado con el Turco (Antonio) Mohamed: es la biblia y el calefón, la sabiduría y el barrio. La frase justa para el jugador y la esquina. De eso se trata. Hoy estamos haciendo el fútbol más sintético y no va conmigo. (Mauricio) Pochettino dijo el otro día: ‘nada se asemeja al ojo y a la intuición del entrenador’. El dron, ayuda y hay que tenerlo. El video análisis ayuda, lo tengo y hay que tenerlo. Pero me quedo con la intuición y el ojo. No te olvides que sos el entrenador y si decís que ‘hay que ir por la izquierda’, hay que ir por la izquierda. Sino llamemos a un robot que se ponga de acuerdo con el dron y listo.

-¿Qué mata la tecnología?

-Estamos poniendo algunas cosas por encima de la realidad. El jugador nació de un potrero, de una escuela de fútbol. ¡Volvé a eso! Me pasó con Mariano González. Él fue un regalo que me dio el fútbol en Santamarina (de Tandil, en 2015). Le decía: ‘volvé a cuando viajabas desde Tandil para jugar en la Cuarta de Racing. Volvé ahí’, le decía. Él estaba empachado de cosas buenas, pero no estaba bien en ese momento. Hablamos mucho. Y él siempre que puede, habla bien de mí y ha tenido entrenadores en el Inter (de Milan), en Portugal (en el Porto)… Jugamos la final para ascender la Primera después. Mariano tenía un currículum que me doblaba, pero ahí aprendí que yo no tengo que entrenar DNI, si no me muero. Pasa, a veces te condiciona una figura. Tengo que entrenar jugadores.


Épocas de B Nacional: En Córdoba como DT de Santamarina, ante Instituto. Ese año, se escapó el ascenso. Foto Daniel Cáceres (archivo)

-Hasta hace poco, tu sueño era dirigir en Primera. Ya está. ¿Cuál es ahora?

-En realidad me cuesta pedir más cosas. Desde lo deportivo, desde lo personal, he sido un luchador de esto, lo reconozco. Al principio soñaba con ser el mejor coordinador de inferiores. Y de pronto la vida te va llevando a otros lugares, dirigís Primera y llegan las finales. Jugué cinco y perdí las cinco. Después gané la sexta, la séptima y me tocó perder de nuevo la octava contra River. Jugué una semana contra el equipo de Maradona (Gimnasia), con Diego, y al otro contra River. Todo con un equipo de menores recursos, y uno piensa que ya está, que ya está. Pero, no. Siempre uno quiere más. Entonces, bueno sí, me siento capacitado para dirigir en el extranjero o para dirigir un equipo con mayores recursos de los que he tenido… uno trata siempre de hacer magia con lo que tiene. Así que no estaría mal dirigir un equipo un poco más grande acá en la Argentina. Soy un poco un perro verde en ese sentido. No me interesa tanto lo económico, me cuesta dejar a mis hijos, mi vieja. No me banco estar dos meses sin verlos. Si vos te vas al extranjero van a pasar más de dos meses. Pero hoy lo pienso, durante mucho tiempo eso siempre estuvo cerrado.

-¿Y en qué club te ves? ¿Dónde te pensás en el futuro cercano?

-En el objetivo corto, poner a San Miguel en la pelea de este torneo. El objetivo más largo, no me salgo de esta mezquindad que tengo: me gustaría el fútbol chileno, estoy a una hora de mi casa… Tuvimos chance de ir este año a Chile. También a Bolivia, o a Colombia a Independiente de Santa Fe. Pero tampoco puedo sacar los pies de la tierra y decir: ‘me imagino en el Ajax’, porque no me puedo imaginar en el Ajax. No es terrenal eso para mí. Pensando más para adelante, me gustaría un equipo con más ambición en Primera división, algún equipo de mitad de tabla para arriba en Paraguay, Chile, Colombia… México, incluso, imaginando algo terrenal.

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