En el corazón del monte nativo del departamento de Rocha, Uruguay, una casa de veraneo ha mutado su propósito original para convertirse en un hogar de tiempo completo. Sus propietarios, los arquitectos Claudio Ferrari y Nadia Franco, tomaron la decisión de abandonar una vida profesional entre Buenos Aires y el extranjero para radicarse a pocos metros de la propiedad que construyeron hace más de una década y media.
De refugio estival a residencia permanente
La vivienda, concebida inicialmente como un punto de encuentro veraniego, fue pensada con una calidez que finalmente permitió habitarla durante todas las estaciones. «La usamos tanto, que entendimos que debía transformarse en un espacio para vivir todo el año», explican sus creadores. Ferrari, exdecano de Arquitectura en la Universidad Nacional de San Martín y profesor en la UBA, junto a Franco, arquitecta, interiorista y artista visual, unieron su expertise en el proyecto.
Diálogo con el entorno natural
El diseño se materializó en un bloque de hormigón de una sola planta, posado sobre el terreno con el mínimo impacto. La naturaleza, con el paso de los años, ha ido envolviendo la construcción, desdibujando los límites entre la arquitectura y el monte. Materiales como el hormigón visto, el cemento alisado y la chapa fueron seleccionados por su durabilidad y bajo mantenimiento, ideales para una ubicación a 500 metros del mar Atlántico.
Calidez y conexión interior-exterior
El interior, protagonizado por una amplia sala de estar y comedor, se extiende hacia una terraza bajo las coronillas, donde una parrilla fija y otra móvil fomentan los encuentros sociales. Grandes puertas pivotantes de piso a techo permiten integrar o separar el dormitorio del resto, subrayando la conexión visual con el bosque. Un detalle del diseño es el ahuecado en el techo de la galería, que permite ver el cielo y las copas de los árboles desde dentro.
Un proceso de adaptación y exploración
La búsqueda de calidez no se limitó a la decoración con textiles, piezas de diseño argentino y arte. Un paso decisivo fue la construcción de un anexo de madera de 25 metros cuadrados. «Este prototipo fue nuestra primera experiencia proyectual en madera y el puntapié para explorar este material en otros proyectos de la zona», señalan los arquitectos. El mobiliario, hallado en remates y mercados uruguayos, aporta coherencia con la historia local.
La presencia del mar, aunque no visible desde la casa, se hace presente de manera constante. «El murmullo de las olas se escucha día y noche, y también se cuela en lo visual, a través de fotografías y pinturas», describen. Esta casa, que nació para el verano, hoy es testimonio de una vida reconectada con el paisaje y los ritmos naturales durante todo el año.
